Una revisión del caso Enron: Nosotros en un lado … y en el otro todos los demás (I)

Une traduction en espagnol par Myriam Fernandez De Heredia de mon billet Enron revisité : « Il y a nous, d’un côté, et puis tous les autres… ».

Post-Enron World
Para preparar una lección de la catedra « Stewarship of Finance » dedicada a Enron, volví a sumergirme en la bibliografía sobre la caída de la empresa estadounidense Enron en el otoño de 2001. Entre los textos que he revisado estaba el libro que yo mismo había escrito sobre este caso: « Investing in a  Post-Enron World (McGraw-Hill 2003), y con un interés todavía más específico en  los dos capítulos que  no se habían incluido en el libro, debido a que el editor los consideró excesivamente técnicos:  uno sobre el uso de productos financieros  por parte del vendedor de energía tejano, el otro sobre los muchos SPV (sociedades vehículo) que había creado con el fin de sacar del balance, y por lo tanto, poner  relativamente a salvo de las miradas indiscretas de sus accionistas, algunas de sus deudas más inquietantes.

Al revisar el asunto Enron esperaba encontrar una serie de elementos que yo podría reconocer como precursores de la actual crisis. En ese sentido, he sufrido una decepción, ya que la ley Sarbanes-Oxley fue aprobada en 2002 para prohibir una serie de prácticas que salieron a la luz durante el escándalo de Enron, y desde entonces esta ley cumple la función para la que se adoptó a la satisfacción general (por supuesto, las empresas estadounidenses protestaron agriamente, pero ¿qué podíamos esperar de ellas?). La obligación de mayor carga simbólica que impone este grupo de leyes es el deber del director ejecutivo de una empresa estadounidense de comprometer su responsabilidad personal en la publicación de las evaluaciones trimestrales y anuales de su empresa. El objetivo era neutralizar de una vez por todas la estrategia de defensa que había adoptado Jeff Skilling – que fue consejero delegado de Enron justo antes de su caída – es decir, repetir incansablemente, tanto durante las audiencias parlamentarias sobre el caso como durante el proceso en el que se le juzgó individualmente: « ¿Y qué sé yo?¡ Yo no soy contable! « , imputando totalmente de este modo la responsabilidad del colapso de su empresa a la firma encargada de la auditoría: Arthur Andersen, que efectivamente fue barrida por las consecuencias del caso, y desapareció para siempre.

Entonces, ¿qué provocó la caída de Enron, que sólo seis meses antes de su quiebra se jactaba de ser la séptima empresa en tamaño de los Estados Unidos? Para empezar, el  hecho de que no era en realidad la séptima, sino la numero 287, como sacó a la luz Robert McCullough, un exsocio de Arthur Andersen precisamente cuando descubrió que el halagador séptimo rango se le había asignado sobre la base de cálculos dudosos basados en el valor « nocional » de determinados productos de su cartera, y no de las ganancias probables que, en el caso de los derivados, representa solamente una fracción del “nocional”. La compañía Enron era, en realidad, mucho menos importante de lo que se pensaba en vísperas de su caída.

¿Cómo había sido posible un error de cálculo de ese calibre? Sobre todo porque, debido a su complejidad, la comprensión del funcionamiento de los productos era a menudo aproximativa, incluso en los círculos financieros. Me ha ocurrido, por ejemplo, en una reunión de la Comunidad Europea, tener que escuchar a uno de los principales economistas de la OCDE, cometer exactamente el mismo error en su presentación …. y explicarlo con gráficos!

¿Significa esto que el error de Enron se cometió de buena fe? Yo no lo juraría: este tipo de empresas contrata personal muy competente, y entre estas personas ha debido necesariamente haber alguien que dijera, con razón, que debido a que son muy pocos los que lo entienden, probablemente nadie se daría cuenta, que fue exactamente lo que ocurrió.

Y al decir esto, nos vamos aproximando más a la verdadera explicación del caso Enron: que hay empresas que, como ella, consideran que el mundo entero con la excepción de sus propios dirigentes (y los de algunas otras empresas que también pueden emplearlos) está formado esencialmente por tontos; que estas empresas se comportan de acuerdo con esta idea, y, que aparte de algunos accidentes como el de Enron, el de Bernard Madoff, y algunos otros, de momento ven confirmada la veracidad de su hipótesis.

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